PRESENTACIÓN PERSONAL DE ANA FERNÁNDEZ, paciente de Ataxia de Friedreich, de O'Grove.

Me llamo Ana, tengo 28 años y, aunque nací en Ourense, siempre he vivido en O'Grove (Pontevedra), y me considero de dicha población.

A los 13 años me diagnosticaron Ataxia de Friedreich. Mi profesor de gimnasia en el colegio les dijo a mis padres que me llevaran al médico porque corría de una forma rara. Después de muchas pruebas nos dieron el diagnóstico. Yo no me lo creía: Estaba bien, sólo sentía que era un poco patosa corriendo y saltando.

A los 18 años empecé a necesitar que me ayudaran a caminar... y a los 20 utilizaba silla de ruedas . De los 18 a los 24 estuve estudiando Psicología en Santiago. No obstante, seguía viniendo todos los fines de semana (sobre todo los primeros años) a casa a ver a mis padres. A mi hermano ya lo veía en Santiago: sobre todo cuando entró en la misma residencia para poder ayudarme. Nos encontrábamos en todas partes.

Me encanta salir con amigos/as y, desde siempre, ir al cine, a cenar, o de copas.

Cuando terminé la carrera, durante casi un año hasta que empecé a trabajar, estuve haciendo prácticas con la psicóloga del SPAD (Servicio Preventivo-Asistencial de Drogodependientes) de O'Grove.

En teoría, los minusválidos tenemos preferencia sobre los demás para conseguir un trabajo, es la llamada discriminación positiva. Gracias a esto, me contrataron durante ocho meses en el ayuntamiento de O'Grove para trabajar como psicóloga para la tercera edad.

Después, estuve preparando unas oposiciones que convocó la Xunta de Galicia donde ofertaba varias plazas para psicólogos, de entre las cuales, una era para minusválidos. No aprobé, pero bueno...

Pienso seguir haciendo cosas. Creo que lo peor que se puede hacer, padeciendo una ataxia de Friedreich, es abandonarse y dejar de luchar. Sé que no es fácil. De vez en cuando también me dan bajones y me paso el día llorando. Exploto y me echo a llorar... esté donde esté... ya sea en el trabajo, en el gimnasio, o en medio de la calle. Pero es normal en mí. Mi familia y amigos ya lo saben, y también saben que al día siguiente se me pasa. Cuando estaba estudiando en Santiago, a veces llamaba a mi padre, llorando, para que me viniera a buscar. Ellos, al igual que mis amigas de la residencia, se asustaban mucho. Un día una de ellas me preguntó: "¿Pero no irás a dejarlo todo ahora?, ¿no?". Se lo conté a mi padre y le dije: "Claro que no voy a dejar nada. Aún no me conoce bien. El lunes ya estoy de nuevo allí".

La gente de O'Grove, cuando llegué de Santiago, no dejaban de mirarme y de preguntarse quién sería. Ahora todo el mundo me conoce y se porta bastante bien conmigo. Suelo salir a dar un paseo sola en la silla de baterías. Mi casa queda a unos diez minutos del centro. Para el regreso es todo cuesta arriba. Un día me quedé casi sin batería e iba muy despacito [siempre voy a la máxima velocidad aunque a veces atropello a alguien :-) ]. Un hombre vino hacia mí y me dijo:

- ¿Te has quedado sin batería? Es que bajaba en el coche y te he visto que ibas muy despacio.

Respondí que sí. Me dijo que empujaba la silla él hasta mi casa.

- ¡Pero es lejos y, además, todo cuesta arriba! -exclamé.

- No importa. Vamos -replicó.

La mayoría de la gente está dispuesta a ayudar. Aunque siempre hay algunos que te creen idiota por estar en una silla de ruedas, o que dicen: "¡Ay que pena, pobriña!". Sin embargo, a lo mejor soy más feliz que ellos (los supuestamente "normales").